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Autisme
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"Si le das un pescado a una persona podrá comer un día,
pero si le enseñas a pescar podrá comer toda la vida"

(15-09-2015) La Parentalidad en la Intervención Basada en la Familia en Autismo

Equipo ÀnimaTEA

 

Está claro que el TEA (Trastorno del Espectro Autista) no es consecuencia de los estilos parentales ni prácticas de crianza, pero sí que las estrategias usadas por los padres y cuidadores principales influyen mucho en el desarrollo de sus hijos/as, tengan o no un diagnóstico de autismo. Todas las personas, con o sin dificultades del desarrollo son sensibles a su entorno y se adaptan y responden a los cambios y constantes de este, entendiendo entorno en sus vertientes tanto física como social.

La forma de los cuidadores de responder a los comportamientos de los niños/as y las demandas que se hacen o no desde los adultos son variables importantísimas en el desarrollo de los niños/as. El tipo de interacciones que se dan adulto-niño/a, las respuestas a estas y los cambios y adaptaciones realizadas en el tiempo son la clave para establecer las estrategias más adecuadas y útiles para un buen desarrollo. Además, la presencia de un hijo/a con diagnóstico de TEA afecta claramente al nivel de estrés de los padres. El hecho de contar con formación en relación a cómo actuar con el hijo/a y adaptar la parentalidad a las características de este, influye de manera positiva en el estrés familiar.

Los estilos y conductas que usan los padres pueden venir de su historia personal, de cómo ellos fueron criados por sus padres y/o cuidadores principales. En ocasiones puede ser útil explorar esta fuente de información, sobre todo si es importante para los propios padres.

Además, las estrategias utilizadas también tienen que ver con el propio desarrollo del hijo/a. En casi todas las ocasiones nos encontramos con comportamientos parentales que se justifican, por parte de los propios padres, por un estadio evolutivo anterior. Las estrategias deben adaptarse a las características i necesidades constantemente cambiantes del niño/a y deben ser flexibles en el tiempo siguiendo el desarrollo y el aprendizaje.

Des de un punto de vista sistémico, para entender la parentalidad hay que fijarse en las características de los padres, las características del niño/a, las reacciones del niño/a a las acciones de los padres, las cuales influencian a cómo adaptan la estrategia los propios padres, y el acuerdo en las prácticas parentales entre los dos padres y, en muchas ocasiones, con otros/as cuidadores primarios habituales (abuelos, tios, profesores, etc).

  • Características de los padres: aquí podemos tener en cuenta las creencias sobre la crianza que pueden provenir de las propias experiencias vividas con cuidadores primarios y/o del aprendizaje formal e informal a nivel teórico. Las estrategias parentales usadas por los propios padres moldean las estrategias que los hijos van a utilizar con sus niños/as, tanto si son réplicas de la crianza recibida como si intentan ser lo contrario.
  • Características y momento evolutivo del niño/a: defendemos una adaptación de las estrategias parentales teniendo en cuenta el momento evolutivo y las características particulares del niño/a. Es importantísimo evaluar el estilo de aprendizaje, el nivel de activación general, las dificultades específicas, el grado de frustración, la motivación o los conocimientos y habilidades presentes en un momento dado, entre otras. Cada niño/a es diferente y presenta unas características propias sin importar la etiqueta diagnóstica. El diagnóstico de TEA no nos dice mucho en sí mismo. Lo que nos guía en la adaptación de las estrategias parentales y la intervención psicoeducativa es la observación y evaluación de las habilidades y conocimientos que debe poseer el niño/a en relación a sus iguales.
  • Dinámica Padres-Hijo/a: en este sentido se entiende que la práctica parental influencia la conducta del niño/a, pero esa, a su vez, influencia la práctica parental. Por lo tanto, la estrategia que usan los padres y la conducta del niño/a son sensibles a los cambios iniciados tanto por los padres como por sus hijos/as, formando parte de un círculo en el que las causas y los efectos son intercambiables y bidireccionales. Desde este punto de vista, también hay que tener en cuenta que una estrategia en concreto puede tener que ser cambiada o adaptada por los padres cuando ya no resulta útil. En este sentido se deben evaluar las soluciones intentadas que resultan en estrategias de “más de lo mismo”, las posibles situaciones de escaladas simétricas o de complementariedad rígida y la adaptación a los cambios evolutivos.
  • Acuerdo entre los Padres: cuando los dos miembros de la pareja actúan de forma coordinada siguiendo unas mismas directrices y con apoyo mutuo en las decisiones del otro, la estrategia resulta más eficaz, aunque respetando un cierto grado de discrepancia de acuerdo con los roles de cada miembro. Se debe atender en este caso a las posibles triangulaciones y coaliciones que se pueden dar entre uno de los padres y el niño/a.
  • Acuerdo Padres-Cuidadores: de la misma forma que en el acuerdo entre los padres, es igual de importante el acuerdo de mínimos en la estrategia y la manera de llevarla a cabo. Aquí también pueden aparecer triangulaciones o coaliciones.

En relación a los acuerdos y, aunque hemos defendido la importancia de seguir unas mismas directrices, en ocasiones nos será de mucha utilidad contar con estilos y estrategias parentales distintas para trabajar la adaptación, la flexibilidad y la generalización del niño/a a diferentes estilos de interacción.

La evaluación de la parentalidad al inicio de la intervención nos es muy útil, ya que se puede partir de una línea base de las diferentes prácticas que realizan los padres y se pueden tratar directamente y de manera abierta con ellos. Los aspectos principales y más importantes a evaluar en la relación padres-hijos/as serían:

  • Autonomía - Supervisión: este aspecto hace referencia a la retirada de apoyo y supervisión por parte de los padres a medida que el niño/a adquiere una mayor autonomía y dominio de las habilidades necesarias. En un extremo tenemos la sobreprotección y en el otro la no implicación o “dejar hacer”. Es importante encontrar un término medio y poder moverse des del control a la autonomía según el momento y las habilidades del niño/a.
  • Nivel y claridad de demandas y exigencias: se trata de evaluar la dificultad de las demandas y si estas se transmiten de manera suficientemente clara. Si las demandas son excesivas y/o no se transmiten de manera clara se puede crear frustración por no saber qué se debe hacer o por ser demasiado difícil.
  • Uso del Refuerzo: el uso adecuado de la motivación es especialmente importante, útil y eficaz para el aprendizaje de todo tipo de comportamientos. Usando la motivación se previene la frustración y es mucho más agradable de dar y recibir. Se debe reforzar el cumplimiento pero, sobre todo, aquellas conductas apropiadas que se dan de forma espontánea. Además, en los TEA, debido a las dificultades en algunos casos en la motivación sobre todo de tipo social, se debe hacer uso de refuerzos positivos realmente efectivos y tener un plan de ampliación de intereses progresivo.
  • Uso del Castigo: aunque se defienda el uso del refuerzo como estrategia principal tanto para la reducción como para la potenciación de conductas, el uso del castigo también puede ser muy útil en determinados casos. De todas formas, muchas veces el problema está relacionado con el uso excesivo de las técnicas de castigo sin tener en cuenta el refuerzo.
  • Contingencia de las consecuencias: este aspecto tiene que ver con el uso de los refuerzos y castigos. Una vez se ha pactado con el niño/a una consecuencia que depende de su comportamiento se debe ser consistente con el pacto. Según las habilidades del niño/a, la contingencia debe ser más o menos inmediata.
  • Frecuencia y calidad del tiempo de dedicación: en este punto nos interesa el tiempo que pasa cada padre con su hijo, pero no solo la frecuencia, sino también la calidad. Con calidad nos referimos a la existencia de interacciones sociales significativas padre-hijo/a durante ese tiempo y a la realización de actividades de atención conjunta y motivantes para ambos.
  • Grado de implicación en las Rutinas: es importante evaluar las rutinas principales del día a día y de la semana, así como qué cuidadores son los más implicados en cuanto a tiempo de dedicación y tipo de rutina. Cuando hablamos de rutinas nos referimos no solo a la comida, el baño o el paseo, sino también a las rutinas de juego o aquellas que no se dan cada día pero sí habitualmente como ir a comprar, ir al cine, juego con compañeros, etc.
  • Grado de acuerdo de los cuidadores: como ya se ha comentado, este es un punto importante. La mayor parte del tiempo y en determinadas conductas nos interesará que todos vayan a la una. Pero en otros casos puede sernos útil un cierto grado de diferencia entre los cuidadores.

 

Bibliografía consultada:

Baumrind, D. (1967). Child care practices anteceding three patterns of preschool behaviour. Genetic Psychology Monographs, 75, 43-88.

Darling, N. y Steinberg, L. (1993). Parenting Style as Context: An Integrative Model. Psychological Bulletin, 113 (3), 487-496.

Palacios, J. (1999). La familia y su papel en el desarrollo afectivo y social. En I. Etxebarría, M. J. Fuentes, F. López y M. J. Ortiz (Coords.), Desarrollo afectivo y social (267-284). Madrid: Pirámide.

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